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{‘Eros (Cupido)’, Reloj de sobremesa. París, hacia 1855.} Fotografía digital, impresión lambda. La inteligente decisión de representar al dios del amor como niño o adolescente evita la necesidad de atribuirle un sexo definido. Quizá un ‘Eros transexual’ sería su forma más acertada en la actualidad. (Fotografía de Javier Rodríguez)

{‘Eros (Cupido)’, Reloj de sobremesa. París, hacia 1855.} Fotografía digital, impresión lambda. La inteligente decisión de representar al dios del amor como niño o adolescente evita la necesidad de atribuirle un sexo definido. Quizá un ‘Eros transexual’ sería su forma más acertada en la actualidad. (Fotografía de Javier Rodríguez)

{‘Cristo yacente’, 1667-1700.}   El perizonium o ‘paño de pureza’ presente en las representaciones de todos los cristos crucificados certificaba la humanidad del hijo de Dios, que debía cubrir su sexo como cualquier hombre. Objeto susceptible entonces de convertirse en reliquia, y finalmente, en fetiche. (Fotografía de Javier Rodríguez)

{‘Cristo yacente’, 1667-1700.} El perizonium o ‘paño de pureza’ presente en las representaciones de todos los cristos crucificados certificaba la humanidad del hijo de Dios, que debía cubrir su sexo como cualquier hombre. Objeto susceptible entonces de convertirse en reliquia, y finalmente, en fetiche. (Fotografía de Javier Rodríguez)

Fotografía de Javier Rodríguez

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{Miniaturas, S. XIX} Transferencia fotográfica sobre cerámica. El retrato íntimo, ese que guardamos cerca del corazón de la persona amada. Guardamos sus rostros, lo que significaron, y también aquellos momentos que sólo nos pertenecen a nosotros, sus cuerpos.  (Fotografía de Javier Rodríguez)

{Miniaturas, S. XIX} Transferencia fotográfica sobre cerámica. El retrato íntimo, ese que guardamos cerca del corazón de la persona amada. Guardamos sus rostros, lo que significaron, y también aquellos momentos que sólo nos pertenecen a nosotros, sus cuerpos. (Fotografía de Javier Rodríguez)

{‘Las tres Gracias’. Reloj de sobremesa. París, hacia 1767} Como representación de las virtudes femeninas, las tres Gracias fueron frecuentemente una excusa en el arte occidental para el regocijo de observadores masculinos, y de alguna manera, mitificó.  (Fotografía de Javier Rodríguez)

{‘Las tres Gracias’. Reloj de sobremesa. París, hacia 1767} Como representación de las virtudes femeninas, las tres Gracias fueron frecuentemente una excusa en el arte occidental para el regocijo de observadores masculinos, y de alguna manera, mitificó. (Fotografía de Javier Rodríguez)

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